|
1.“No
podemos callar lo que hemos visto y oído” 2. Desde
la pequeñez, la pobreza y el martirio 3. El
llamado a la misión es una vocación a la santidad 4. Iglesia
en América, tu vida es misión 5. No
podemos callar lo que hemos visto y oído (He 4, 20) 1. “No podemos callar lo que hemos
visto y oído” Desde el corazón de América,
saludamos a las Iglesias que peregrinan en el Continente Americano y en las
islas del Caribe: “Gracia y paz a ustedes de parte de Dios Padre y de Jesucristo
el Señor” (2 Tes 1, 2). Al concluir en la ciudad de
Guatemala los trabajos del Segundo Congreso Americano Misionero (CAM 2), que es
al mismo tiempo el Séptimo Congreso Misionero Latinoamericano (COMLA 7), brota
espontáneo en nuestros corazones rebosantes de esperanza y alegría, un cántico
de acción de gracias al Dios de la Vida, que nos invita a compartirlo con todos
los hermanos. Durante estos días, hemos
experimentado la unidad fundamental que nos da la comunión en la misma fe, en la
misma esperanza y en la misma caridad. Superando las fronteras y las barreras de
lenguas y culturas, nos hemos enriquecido mutuamente con el intercambio de
experiencias, realizaciones y compromisos en la urgente y gloriosa tarea de
anunciar el Evangelio como testigos fieles de Jesucristo. Hemos vivido un Congreso que se
presenta como un “signo de unidad de todos los pueblos del continente” (Juan
Pablo II, Mensaje al CAM2, n. 5). Durante una semana, estuvimos compartiendo en
un “cenáculo misionero” que reunió a hijos e hijas de la Iglesia procedentes de
todos los rincones del continente americano, desde el Polo Norte hasta el Polo
Sur, pasando por las islas del Caribe.
2. Desde la pequeñez, la pobreza y
el martirio Por primera vez en la historia del
“continente de la esperanza”, la preparación de este acontecimiento fue asumida
por un grupo de países. En ella, en efecto, se involucraron todas las Iglesias
particulares del Istmo - con el acompañamiento del Secretariado Episcopal de
América Central (SEDAC) - encabezadas por sus obispos y vicarios de pastoral y
animadas por las Obras Misionales Pontificias. Una de las características más
originales del CAM2 – COMLA7 es el haber sido preparado con una conciencia clara
de que se hacía “desde la pequeñez, la pobreza y el martirio”.
Sí, nuestro Congreso se realizó
desde la pequeñez de esta región de América, que significa poco para las
naciones poderosas del mundo. Pero la experiencia que hemos vivido en la fe como
“pequeño rebaño” (Lc 12, 32)nos ha dado una nueva y más profunda comprensión de
la parábola del grano de mostaza, que “se desarrolla y se hace un árbol, y los
pájaros del cielo anidan en sus ramas” (Lc 13, 19). Es la pequeñez a la que
canta alborozada la Virgen del Magnificat, al exaltar la acción de Dios en los
pobres, como resplandece en la edificante vida del Santo Hermano Pedro de San
José Betancur y San Juan Diego. Hemos vivido también un Congreso
preparado desde la pobreza que golpea cruelmente a los pueblos centroamericanos.
Pero eso mismo nos ha hecho más sensibles al misterio que Dios nos reveló en su
hijo Jesucristo, “el primero y el más grande evangelizador”, que “siendo rico se
hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (2 Cor 8, 9). Cristo, en efecto,
realizó su misión en la pobreza, en el desprendimiento y en la persecución. Como
El –siguiendo la invitación del documento de Puebla- “debemos dar desde nuestra
pobreza” (n. 368). Nuestros pueblos son pobres en bienes materiales, pero tienen
la riqueza inmensa de la fe. Podemos, entonces, decir que son ricos porque l a
falta de fe es la más grande de las pobrezas. Desde la pequeñez y la pobreza de
América Central, anhelamos impulsar la misión sin tener otros recursos para el
anuncio del Evangelio que un corazón lleno de fe y esperanza, manos generosas
para compartir y pies presurosos para hacer llevar con urgencia la Palabra del
Señor, verdadero don de Dios para todos los pueblos. Aquí hemos comprendido mejor que el
Señor actúa por medio de su Espíritu, a pesar de nuestra pequeñez, cuando no
confiamos en nuestras propias fuerzas sino en el poder de Dios. Por eso, “ desde
el corazón de América, desde nuestra pequeñez y desde nuestra pobreza ” - como
dice el himno oficial del Congreso - gritamos al mundo nuestro lema: “¡Iglesia
en América, tu vida es misión!”. En estos días de gracia, hemos vislumbrado que
brillará una gran luz para el mundo, si acogemos la palabra del Señor que nos
envía a evangelizar más allá de nuestras fronteras. Veremos surgir esta “nueva luz”
sobre todo de la reciente vivencia martirial de las Iglesias que nos han acogido
con tanta cordialidad y fraternidad. Por eso decimos que el CAM2 – COMLA7 ha
sido celebrado desde el martirio . Durante todos estos días, han estado
presentes en nuestra mente los numerosos mártires de estas tierras -laicos en su
mayoría - catequistas y delegados de la palabra; también religiosas, religiosos
y sacerdotes. Entre los “testigos fieles” hasta la efusión de la sangre que ha
fecundado los surcos del Evangelio, hemos evocado de manera especial a Monseñor
Oscar Arnulfo Romero y a Monseñor Juan Gerardi. Los nombres de muchos otros
mártires sólo son conocidos por Dios. Nos emociona el homenaje que les
rindió a todos el Vicario de Cristo, cuando dijo: “Me inclino con reverencia
ante el sacrificio de estos humildes y valientes trabajadores de la viña del
Señor (...) a los cuales ha sido dado no sólo creer en el Evangelio y
proclamarlo, sino que han llegado a derramar su sangre en el servicio a la
Palabra de vida” (Carta a los obispos de Guatemala, 02.12.84). 3.El llamado a la misión es una
vocación a la santidad En la sesión inaugural del
Congreso, hemos escuchado con devoción el mensaje de Su Santidad Juan Pablo II,
quien nos recordó que “la historia de la evangelización del continente americano
(...) muestra la íntima relación entre santidad y misión” (Juan Pablo II,
Mensaje al CAM2, n. 2). El mismo constata con gozo que, desde hace más de cinco
siglos, “el Espíritu del Señor ha suscitado en estas benditas tierras hermosos
frutos de santidad en hombres y mujeres que, fieles al mandado misionero del
Señor, han entregado su propia vida al anuncio del mensaje cristiano, incluso en
circunstancias y condiciones heroicas” (Ibid.). Durante estos días hemos orado con
los pueblos indígenas de Guatemala. Su plegaria les lleva con toda naturalidad a
contemplar a Dios en la creación y en su plan de Redención, a confiarle el dolor
y el sufrimiento, a mantener la esperanza cuando el horizonte parece
completamente oscuro, a descubrir su presencia providente en las cosas y los
gestos más sencillos, a darle gracias porque su ternura maternal de Padre se
expresa de múltiples maneras. Al ver cómo expresan su fe en Jesucristo y su amor
a la Iglesia desde los valores de su cultura, hemos reafirmado nuestro
convencimiento de que el Reino de Dios nace en los corazones desde la pequeñez,
la pobreza y el martirio. El Santo Padre después de
recordarnos que “no basta renovar los métodos pastorales” y que “es necesario
suscitar un nuevo ‘anhelo de santidad' entre aquellos que son los colaboradores
más íntimos de los misioneros” (Redemptoris Missio, 90), nos pone ante los ojos
a los millones de seres humanos que todavía no conocen a Cristo. Por eso nos
recuerda con vehemencia que “el anuncio de la Buena Noticia es una tarea vital e
inderogable” (Juan Pablo II, Mensaje al CAM2, n. 3).
4. “Iglesia en América, tu vida es
misión ” En el alba del nuevo milenio, el
Vicario de Cristo ha repetido a todos los hijos e hijas de la Iglesia la
apremiante invitación del Señor a entrar sin miedo en las aguas profundas de la
historia presente. Por medio de él, Cristo renueva su mandato ineludible, el
mismo que hizo exclamar a Pablo: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!” (1 Cor
9, 16). Por eso, al contemplar el espectáculo espléndido de más de tres mil
católicos que han participado en este “cenáculo continental” han resonado en
nuestro corazón las palabras del Profeta: “¡Qué hermosos son sobre los montes
los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas noticias, que anuncia
la salvación, que dice a Sión: ‘ya reina tu Dios'!” (Is. 52,
7). Debemos compartir lo más bello que
recibimos en el día de nuestro bautismo: el don de la fe . De ahí brota como de
una fuente viva nuestra vocación y compromiso a la misión "Ad gentes": Los
pueblos que habitaban América recibieron el Evangelio, primero, del continente
europeo y, luego, por la cooperación de las Iglesias particulares del mismo
continente americano. Todavía hace pocos años, los países del norte enviaban
sacerdotes, religiosos y religiosas como misioneros al sur. En cambio hoy día, a
raíz de la migración cada vez más numerosa, procedente de los países
empobrecidos del sur, hombres y mujeres latinoamericanos y caribeños están
presentes en las grandes ciudades del norte. Leemos en los Hechos de los
Apóstoles que los primeros cristianos se dispersaron al desatarse la persecución
en Jerusalén, pero en el camino iban anunciando a Jesucristo. Algo semejante
sucede hoy con innumerables hermanos y hermanas que han abandonado sus tierras
huyendo de graves peligros o buscando un futuro mejor. Muchos han llegado a los
países del norte de América armados de su fe profunda en Jesucristo y de su amor
entrañable a la Iglesia. En realidad podemos considerarlos como enviados y
misioneros de Dios, porque por su testimonio recuerdan a quienes viven en la
abundancia, los valores auténticos del Evangelio. Las Iglesias de las que
proceden nos comprometemos a acompañarles, y las Iglesias a las que llegan
deseamos ofrecerles una acogida cada vez más cálida. Con humildad recogemos el reto que
el sucesor de Pedro nos ha lanzado: “Este Congreso está orientado hacia dicha
tarea. Responded, pues, con prontitud al llamado del Señor. ¡Manifestad el deseo
de ser testigos gozosos y apóstoles entusiastas del Evangelio hasta los últimos
confines de la tierra, mediante el testimonio de una vida santa!” (Juan Pablo
II, Mensaje al CAM2, n.3).
5. “No podemos callar lo que hemos
visto y oído” (He 4, 20) El Congreso que hoy clausuramos ha
sido una profunda experiencia de encuentro personal y comunitario con Jesucristo
resucitado. Desde esta vivencia inolvidable nos lanzamos al futuro, proclamando
con los apóstoles que “no podemos callar lo que hemos visto y oído” (He 4,
20). No podemos callar los niños, que
aún siendo pequeños somos la primavera misionera de la Iglesia; no podemos
callar los jóvenes que hemos descubierto en Jesucristo al amigo por quien vale
la pena entregar la propia vida; no podemos callar los cristianos y cristianas
que hemos sido llamados en virtud del bautismo y la confirmación a remar mar
adentro en nuestra respuesta misionera; no podemos callar los consagrados,
llamados al seguimiento radical de Cristo también en su misión; no podemos
callar los presbiteros que en virtud de nuestra ordenación estamos disponibles a
ser enviados a predicar el Evangelio a cualquier lugar de la tierra.
Especialmente no podemos callar los obispos, que deseamos responder al Señor que
nos interpela a vivir a fondo la índole misionera de nuestro ministerio. Como
enseña el Santo Padre, toda la acción pastoral del obispo “debe estar
caracterizada por un espíritu misionero, para suscitar y conservar en el ánimo
de los fieles el ardor por la difusión del Evangelio” (Pastores Gregis,
65). No podemos callar cuando nos damos
cuenta de que más de la mitad de los católicos del mundo viven su fe en el
continente americano. Por eso anunciamos con gozo que como fruto del CAM2 –
COMLA7, se creará en América Central un centro de formación y animación de
misioneros “Ad Gentes”. Que Santa María de Guadalupe,
primera evangelizadora de América, junto con los Mártires, Santos y Santas de
nuestro continente, intercedan ante Jesús para que derrame abundantemente sus
gracias sobre la Iglesia que peregrina en América y así pueda responder con
mayor generosidad a su compromiso misionero en bien de la Iglesia
Universal.
Guatemala de la Asunción, 29 de
noviembre de 2003 |